Songorocosongo nació sin permisos ni tarima y terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural en Roldanillo
Redacción El Qhubo/ Periodista Jhisús Chacín
La historia de Songorocosongo no comenzó con una convocatoria oficial ni con un escenario montado. Su origen está en reuniones informales, patios prestados y salas de amigos donde la salsa servía como punto de encuentro. Durante años, esos espacios domésticos fueron suficientes para un grupo de melómanos que entendían la música como excusa para compartir, conversar y tocar sin horarios rígidos.
En esos primeros encuentros no había agendas ni objetivos definidos. La salsa sonaba entre sancochos, charlas largas y discos que giraban una y otra vez. El nombre del colectivo, que evoca el sonido del tambor, surgió de manera natural, casi como una extensión del ritmo que marcaban el bongó y la conga en cada reunión.

El cambio llegó cuando el grupo empezó a crecer. Más músicos se sumaron, llegaron nuevos amigos y las casas comenzaron a quedar pequeñas. Con la transformación urbana de Roldanillo y la peatonalización del parque Elías Guerrero, surgió una idea que alteraría el rumbo del colectivo: llevar la música al espacio público y probar qué pasaba.
La prueba ocurrió un viernes de feria de 2023. Sin tarima, sin permisos formales y sin afiches, los instrumentos aparecieron en el parque: trombón, bongó, conga, maracas, güiro y campana. Un parlante conectado de manera improvisada bastó para que la salsa empezara a convocar curiosos, vecinos y turistas que recorrían el municipio.
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La respuesta fue inmediata. El parque dejó de ser solo un lugar de paso y se convirtió en pista de baile. La calle se llenó de gente de todas las edades, mientras visitantes extranjeros se sumaban al ritmo sin conocer las letras, pero siguiendo el golpe de la percusión. Al terminar la jornada, una pregunta empezó a repetirse: cuándo sería el próximo encuentro.
Las reuniones se hicieron periódicas. Primero al mes, luego cada vez con mayor asistencia. Niños, jóvenes, adultos y mayores comenzaron a compartir el mismo espacio alrededor de la música. Con el tiempo, y gracias al buen comportamiento del público, el proceso se fue organizando sin perder su carácter espontáneo.
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— El País Cali 📰 (@elpaiscali) December 14, 2025
Aunque hoy existen autorizaciones y una mejor logística, Songorocosongo no se concibe como un concierto tradicional. Es un ritual callejero de música en vivo, donde los músicos se relevan y el sonido se construye de manera colectiva. El trombón de Óscar Aponte, la campana marcando el tiempo y la conga respondiendo al llamado son escenas recurrentes en cada jornada.
Figuras como Giovanni Herrera aportan memoria y contexto, mientras Fernando Cruz y Fernando Rivera sostienen la base melómana del grupo. No hay dueños del sonido, pero sí un cuidado compartido por mantener la esencia de la salsa de barrio, tirada en la calle, sin poses ni filtros.
Ese proceso comunitario derivó en un nuevo paso. El sábado 17 de enero, desde las 8:00 de la noche, el parque Elías Guerrero será escenario del Songorocosongo Salsa Fest, el primer festival juvenil y de orquestas emergentes de salsa en el norte del Valle del Cauca.
Edgar Cruz, integrante del colectivo, confirmó la realización del evento e invitó al público a participar. El objetivo del festival es dar protagonismo a niños y jóvenes músicos que mantienen vivo el género en barrios y municipios de la región, ampliando el alcance de una experiencia que nació de manera espontánea.





